Prueba de velocidad lectora 3

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Fragmento de: Un megaterio en el cementerio, Fernando Lalana

Total, que así de tranquila y normal transcurría la vida en mi pueblo hasta que hace unos dos meses se jubiló don Ciriaco, el maestro, y enviaron para sustituirle a un profe joven y con barba, de esos que todo el día van vestidos con chándal. Don Alfonso, se llamaba.

Y, en cuanto apareció, se armó la gorda.

–¡Buenos días a todos y todas, chicos y chicas! –exclamó don Alfonso el primer día, en el mismo tono en que lo hubiera hecho el empleado de una tómbola–. Voy a ser vuestro profesor durante el resto del curso. Espero que lleguemos a ser muy, muy, muy buenos amigos y amigas. Para empezar, no quiero que me llaméis señor maestro, ni maestro, ni nada de eso. Mi nombre es Alfonso. ¿De acuerdo?

–¡¡Sí, don Alfonso!!

–Que no, que no. Sin el don. Simplemente, Alfonso. Alfonso a secas. ¿Entendido?

–¡Sí, Alfonso, Alfonso a secaaas!

–Vaya, qué graciosos... Bueno, ya veo que lo habéis entendido. Estoy seguro de que lo vamos a pasar en grande, ya lo veréis.

Sentado a mi lado, Carmelo, el hijo del panadero, se llevó con disimulo las manos a la cabeza.

–Lo que nos faltaba: un moderno. Nos ha tocado un moderno. Estamos perdidos, Cristina.


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