1.º Secundaria

Prueba de velocidad lectora 2

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Fragmento de: Sentir los colores, María Carmen de la Bandera

En una de las ausencias del abuelo, Rodrigo, el novio de mi hermana, empezó a frecuentar más la casa. A mamá no le hacía mucha gracia; puedo asegurar que no le caía bien porque decía que no tenía buena pinta, que había de­jado los estudios, que vaya un porvenir trabajando de repartidor en una pizzería (en la misma en la que trabajaba mi hermana, por eso se conocieron). Las dos tuvieron una buena discusión. Anabel, mi hermana, se puso un poco borde y le dijo que ella era la persona menos adecuada pa­ra darle consejos, porque su relación con papá había sido un fracaso. Yo creo que se pasó y vi a mamá cómo hacía un silencio y lloraba.

A mí, particularmente, aquel sujeto que se había introducido en nuestra familia, me caía bien, so­bre todo cuando descubrí que era un fiel seguidor del Real Majéstic. Un tipo original. Llevaba el pelo rapado, en la oreja izquierda, un pendiente, y un tatuaje en el brazo con el escudo del equipo. Se sabía las alineaciones de los úl­timos veinte años. Hablaba con tal pasión y profería ta­les insultos contra el Barcarola que yo sospeché que era de los radicales que siempre se destacaban en las gradas. Lo que sí tenía era una cultura futbolera impresionante. Me quedaba embobado oyéndole hablar de las distintas clases de goles: de tacón, de vaselina, de pizarra, en plan­cha, en parábola... y no sé cuántas cosas más. Siempre me habla­ba como a un igual, sin tener en cuenta la diferencia de años, tenía 20, y eso me halagaba.


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