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Fragmento de: El secreto del doctor Givert, Agustí Alcoberro

–Pues verás, al leer el artículo se me ha puesto la carne de gallina. Entonces he empezado a comprender la entrevista que habíamos tenido al mediodía con la reproducción del doctor Givert. De repente, una serie de detalles, de frases, de gestos, me parecieron sospechosos, y he decidido ir a visitarlo de nuevo y comprobarlo. Conocía su afición por las setas. Pues bien: ese es un aspecto que, por lo visto, el doctor Givert no había programado en la máquina, ¿no es así? –le preguntó con una rápida mirada.

–Efectivamente. De hecho, ha sido un problema de tiempo. Creo que estos individuos se han precipitado.

–De acuerdo –dije algo impaciente mientras, inquieto, miraba a Jaume–. Pero ¿qué relación tiene eso con el hecho de que te hayan cogido?

–Elemental –contestó el doctor Givert en su lugar–. Se trata de una máquina tan perfecta que incluso tiene un dispositivo que avisa a quienes la controlan cuando considera que ha sido descubierta.

–¡Alucinante! –exclamé.

Mi curiosidad estaba momentáneamente satisfecha, pero la perplejidad me mantenía con la boca abierta.

Jaume me hizo bajar de las nubes.

–Bueno, ahora tenemos un problema: ¿qué hacemos con estos dos ladronzuelos? Dormidos parecen unos angelitos, pero no tardarán en despertarse.

Estaba claro, ¡algo teníamos que hacer con aquel par!

Pero de repente se me ocurrió una idea:

–¿Creen que estos dos actuaban solos? Un robo de alta tecnología, con un secuestro y quizá homicidio por medio, no puede ser obra de unos aficionados.


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